Miguel Eek, la impronta sueca en el Mediterráneo

Un paseo en bicicleta por el campo junto a su padre, que le hablaba de su juventud en una Folkhögskolar (escuela de oficios sueca) enclavada en un hermoso paisaje de una pequeña isla, en el interior de un lago, le cambió la vida a Miguel Eek (Madrid, 1982). Decidido por aquel relato de enriquecedora experiencia en una cultura que, hasta entonces, solo conocía a través de la poderosa presencia de su abuelo, quien había inculcado a la familia la importancia de la razón y el sentido de la justicia escandinavo, Eek, con 17 años y el conocimiento de cuatro palabras de la lengua de Strindberg, viajó para descubrir el Norte. Allí, en una escuela especializada en la enseñanza de inmigrantes, aprendió el idioma, a relacionarse con el mundo, a acompañar a los amigos en los momentos más difíciles y a amar. Y, claro, continuó avivando su pasión por el cine, una afición con la que había crecido y en la que se había formado como autodidacta desde los 14 años, con una cámara de vídeo casera y montajes primitivos, a partir del copiado sistemático de las cintas. Así, en Suecia colaboró con televisiones locales y realizó sus primeros vídeos musicales. Cuando regresó a España, Miguel, que había vivido once años en Madrid y seis en Palma, se mudó a Barcelona para estudiar en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC). Pero como no le gustaban demasiado las clases y surgió la oportunidad de estudiar su último curso en la Universidad Politécnica de Helsinki Arcada, volvió a escaparse en dirección al frío. Después vino Francia, primero Lyón y luego París, para a continuación regresar a Palma.

En este trayecto por las esquinas de Europa, Eek ha ido dejando un reguero de cortometrajes, en su mayoría documentales, ligados a su modo de vida y a su fijación por la búsqueda de una identidad. A él, que tampoco olvida sus raíces granadinas y gitanas -lo que podría explicar esa sed de vagar por el mundo-, siempre le ha costado contestar con una sola frase a la pregunta de dónde es, aunque tiene claro su vínculo con el Mediterráneo. De ahí surge su proyecto más ambicioso, un largometraje documental sobre tres directores criados en las orillas de este mar. El primero de estos episodios está protagonizado por el mallorquín Agustí Villaronga y, tras grabarlo en 2005, lo presentó como proyecto de final de estudios de la ESCAC y obtuvo un sobresaliente. Para el segundo, Eek se cruzó el sur de Europa en coche y entrevistó al más prestigioso de los directores turcos, Nuri Bilge Ceylan, en un documento recibido con gran expectación en el país otomano, dada la resistencia de éste a conceder entrevistas. El interés del trabajo realizado por Miguel Eek ha motivado que esta pieza audiovisual forme parte de los extras del DVD de la última película de Bilge Ceylan, “Climas”, en sus ediciones en Turquía y el Reino Unido. El propósito del documentalista es concluir este largometraje con la figura de la tunecina Selma Baccar, pionera de las mujeres cineastas de El Magreb.

El director espera concluir el documental en 2008, mientras sigue trabajando con su productora, Mosaic, premiada este año por el Ayuntamiento de Palma como mejor iniciativa empresarial.

En la prolífica filmografía de Miguel Eek también destacan “Esperando en Babia” (2002), un mediometraje documental sobre la decadencia de un pueblo leonés con un solo niño; “Cuatro horas de gas” (2004), cortometraje de ficción premiado con el Art Jove; la crónica de su estancia en Finlandia “Sisu” (2004), título en el que se recoge una expresión autóctona que define la capacidad de resistencia del carácter finés, y “¿En qué piensas abuela?” (2006), un homenaje a su abuela granadina.

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texto Sergio Hernández
foto Vanessa Barnaud
para “DP”